Los investigadores no han sabido hasta ahora cuando y donde nació Francisco Clavero. Debió ser en Buenos Aires en los primeros años del siglo XIX. Sabemos que su hogar fue muy humilde de “orilleros” tal vez que le trasmitieron junto con el amor irreprimible por la patria el culto al coraje y la desconfianza por los doctores que gobernaban a espaldas del pueblo. Siendo niño integra en 1813 el cuerpo de Granaderos a Caballo que San Martín formaba en la plaza del Retiro. Aprendió junto al gran Capitán la disciplina militar y fue su bautismo de sangre San Lorenzo. Ya no abandonó a San Martín. En 1817 está en Mendoza en el ejército de los Andes; cruza la cordillera con la división de Soler y su comportamiento en Chacabuco le merece las jinetas de cabo no obstante su corta edad. Se bate en los alrededores de Talcahuano está en Cancha Rayada y en Maipú y con la presilla de sargento va con San Martín al Perú para volver de allí convertido en oficial de caballería. En 1826 lo encontramos como capitán de milicias rurales combatiendo con los indios en los cantones fronterizos de Buenos Aires. Allí conoció y trató a Juan Manuel de Rosas comandante general de milicias de Buenos Aires en 1827 y no se separó de él con el mismo apego que tuvo a San Martín hasta que el libertador dejó la patria. Como capitán de milicias combate a las órdenes de Rosas contra los revolucionarios unitarios de 1828 y asiste a la capitulación de Lavalle – que tal vez fuera su jefe en Perú – en la estancia de Miller en Cañuelas el 24 de junio de 1829. En diciembre de 1829 Rosas ocupa el gobierno de Buenos Aires y nombra a Clavero su ayudante mayor con el grado de capitán de línea (enero de 1830). En abril de 1831 es jefe de una compañía en el regimiento de Patricios Libertos a caballo escolta del gobernador. Al año siguiente no bien Rosas deja el gobierno. Clavero pide su traslado a la frontera. En 1833 como jefe de una compañía de Blandengues acompaña a Rosas en le campaña del desierto. Terminada esta en 1834 queda en Bahía Blanca entonces un fortín avanzado sobre tierra que había sido de los indios. Tiene el grado de Mayor. Entre 1834 y 1848 cumple distintas comisiones en los fortines de campaña y destacamentos rurales. Su gran conocimiento de la tropa veteranía sobre los indios y la lealtad federal probada lo hacían un elemento precioso en las filas del ejército-. En junio de 1848 Rosas lo lleva junto a sí designándolo en la División Escolta de Palermo de San Benito. Como Mayor del Escolta desfila junto a Rosas en la última parada militar del Restaurador del 9 de julio de 1851 cuando ya había empezado la guerra con Brasil y sus auxiliares argentinos. El 3 de febrero (de 1852) toma parte en la batalla de Caseros siempre en el regimiento Escolta que Rosas había puesto a las órdenes de un prestigioso Coronel de filiación unitaria pero cuyo acendrado patriotismo lo obligó a ofrecerse al gobierno de su patria en su lucha contra el imperio y su aliado Urquiza: el Coronel Pedro Díaz. Derrotado Rosas. Clavero pide su baja que Urquiza no acepta porque prefiere mantener en el ejército a oficiales federales. Clavero fue destinado nuevamente a las guarniciones rurales encontrándose en mayo y junio de ese año en los Dragones del Sud con asiento en Chascomús. Toma parte con su regimiento en la revolución del coronel Hilario Lagos en diciembre de 1852 que intenta refirmar la divisa federal. Con Lagos sitia Buenos Aires y con Gregorio Paz derrota en San Gregorio el 22 de enero de 1853 a quienes venían a levantar el sitio. Cuando el dinero de la máquina de imprimir de la casa de la moneda de Buenos Aires compra a la mayoría de los sitiadores y Urquiza escapa en un buque norteamericano después de entregar los ríos como premio por su salvación. Clavero se retira al interior. En 1856 lo encontramos en San Rafael (Mendoza) como segundo jefe del 3 de caballería revistando como teniente coronel. En 1861 acompaña al gobernador de San Luis. Juan Saá en su misión a San Juan. Los liberales (nuevo nombre que han tomado los unitarios) han separado al gobernador José Virasoro con sus amigos y parientes inaugurando el reino de la libertad masacrándolos implacablemente. No le parece el procedimiento correcto al Presidente Santiago Derquí que manda como interventor a Saá. Como los liberales sanjuaninos acumulan armas - mandadas por los liberales porteños – y recurren a la leva (incorporación forzada al ejército) “para defender a la provincia”. Saá ha debido acompañarse de algunos regimientos nacionales. Entre ellos va el 3 de caballería a las órdenes de Clavero. El gobernador revolucionario de San Juan el Dr. Antonino Aberastain intenta resistir en la Rinconada del Pocito (11 de enero de 1861) pero su tropa se le desbanda y es capturado. Clavero en cumplimiento de órdenes recibidas hace fusilar al responsable del asesinato de Virasoro y los suyos. Desde entonces Aberastain será “el mártir del Pocito” y Clavero su indigno y cruel asesino. Sin embargo Clavero pidió un consejo de guerra para juzgar su conducta y este – reunido en Paraná capital de la confederación – lo absolvió de cualquier culpa. El 17 de setiembre de 1862. Francisco Clavero toma parte como coronel en la batalla de Pavón. No obstante encontrarse victoriosas las tropas nacionales y derrotadas las del “Estado” de Buenos Aires que comandaba Mitre (cuya caballería se ha dispersado ha perdido todo el parque de municiones y con el resto de sus tropas debe encerrarse en la estancia de Palacios esperando la propuesta de rendirse). Urquiza. - jefe del ejército Nacional – se retira con los regimientos entrerrianos “espantado por el encarnizamiento de la batalla” pues al curtido veterano de cien hecatombes parece que se le ha despertado una sensibilidad de niña clorótica. El abandono de Urquiza permite a Mitre escapar de la estancia de Palacios junto al arroyo Pavón y esconderse en San Nicolás. Días después seguro que Urquiza no volverá y los federales se han ido festejará su única – y decisiva en nuestra historia – victoria militar. A Clavero lo encontramos en noviembre del 61 en la provincia de Córdoba defendiéndola del avance de los “guías de la libertad” porteños que a sangre y fuego imponían el liberalismo por el procedimiento aconsejado por Sarmiento (en carta a Mitre de 20 de setiembre de 1861 – Archivo Mitre tomo IX pag. 336 - ) de “no ahorrar sangre de gauchos es abono útil que debemos a la tierra. La sangre es lo único que tienen de humano”. Derrotado Clavero en el Molino de López cercanías de Córdoba por tropas muy superiores con sus últimos compañeros debió escapar a las tolderías Ranqueles donde recibe la hospitalidad que los caciques brindan generosos a los perseguidos. Poco después y siempre por tierra de indios de la cual era baqueano. Clavero pasa a Chile. Poco tiempo dura su estadía en Chile. En mayo de 1863 el general Ángel Vicente Peñaloza ha furnish su grito de guerra en los llanos de La Rioja contra los guías de la libertad que hacían una “guerra de hermano contra hermano”. El caudillo solo pide que no se eche a los riojanos a los contingentes militares y no se mande a las riojanas a los prostíbulos de los acantonamientos militares. Clavero cruza los andes para ponerse a sus órdenes. En alguna otra ocasión narraremos las dos largas guerras del Chacho terminadas con el asesinato del caudillo en Olta. Clavero su compañero gravemente herido es apresado por las fuerzas nacionales (junio de 1863). La circunstancia de encontrarse muy mal herido o tal vez su prestigio de viejo veterano de San Martín hizo que no se lo fusilase a pesar de condenado a muerte un consejo de guerra. Lo curioso es que se dio la noticia de su muerte “para escarmiento de bandidos” pero no se le mató. Sarmiento en uno de sus fugaces raptos de sinceridad explica por que no ejecutó la sentencia “en un hombre herido de muerte”. Dice Clavero no era un salteador ni un encubridor ni caudillo ni gaucho malo. Era un veterano de los granaderos a caballo de San Martín que a fuer de antiguo soldado y de valiente había llegado a coronel al servicio de Rosas y de la montonera. (D. F. Sarmiento – Los Caudillos). Lo remitió a Mitre para que este lo fusilase si se animaba. Pero Mitre no se atrevió y Clavero en muy mal estado quedó en el Hospital de Hombres de la capital pendiente siempre su condena a muerte. Por el interior corrió la noticia que había muerto fusilado por Sarmiento en San Juan. Llegó la noticia a Southampton y entristeció a Juan Manuel de Rosas. Este ya se había puesto en contacto con su jefe de escolta por intermedio de Josefa Gómez escribiéndole el 7 de marzo de 1867: “... Al coronel Clavero dígale que no lo he olvidado y no lo olvidaré jamás. Que Dios ha de premiar las virtudes de su fidelidad” se lamenta de la muerte de su antiguo subordinado encargando a Josefa Gómez depositar una flor en la tumba de su amigo leal “si era posible”. En el verano de 1866-67 empieza la tremenda revolución de los colorados de Cuyo. Los contingentes amontonados en Mendoza para llevarlos a morir al Paraguay se subleva al grito de ¡Viva el Paraguay! ¡Viva la Unión Americana! ¡Muera Mitre sirviente de los Brasileros!. Los viejos federales – Juan y Felipe Saá. Carlos Juan Rodríguez. Juan de Dios Videla el padre Castro Boedo – levantan la insignia punzó. Felipe Varela llega de Chile con un pequeño ejército dos bocones (cañoncitos ligeros) y una banda de musicantes. Y establece su campamento en Jachal donde se le suman montados y con caballo de tiro los criollos de los alrededores. Mendoza. San Juan. San Luis y La Rioja reverdece al canto Montonero:De Chile salió Varelay vino a su patria hermosaAquí ha de morir peleandoPor Vicente Peñaloza”Con los lánguidos compases de la zamba que ha traído de Chile un grupo de músicos que vienen con Varela cantan los montoneros el cruel destino de la patria en la noche ardiente del verano cuyano. A veces lamentaban que no estuviese junto a ellos el bravo coronel “que en San Juan es sepultado”. En una de esas noches un forastero pide la guitarra. Es un hombre de setenta años barba y melena blanca cara cruzada de chirlos y cicatrices y el andar claudicante de quién ha sufrido heridas en las piernas. * No obstante según dice la tradición su porte es arrogante y su voz grave y segura. Puntea unos compases y canta:Dicen que Clavero ha muertoy en San Juan es sepultado¡No lo lloren a Clavero;Clavero ha resucitado!”Es el coronel Francisco Clavero en persona que al saber de la llegada de Varela ha logrado escapar del Hospital de Hombres de Buenos Aires y pese a sus años y heridas viene a dar al pueblo su último aliento y así se hace conocer. Felipe Varela lo abraza emocionado la montonera lo aclama. Se incorpora al “Ejército de la Unión Americana” con su grado efectivo de coronel de la Nación. Junto a Clavero. Varela toma parte en la ocupación de La Rioja y la tarde del 10 de abril de 1867 está en Pozo de Vargas en la última y desesperada carga de la montonera al compás de la zamba famosa de Vargas que luego tendría letra puesta por los vencedores mientras los vencidos cantarían:“¡Sables contra fusiles!¡Pobre Varela!¡Que bien pelean sus tropasen la humareda!¡Otra cosa seríaarmas iguales! ... Nada más se sabe del coronel Clavero. ¿Habrá muerto en el Pozo de Vargas cargando contra la artillería y la infantería de Taboada oculta en el monte? ¿Cayó en la cruel retirada a Jachal? ¿En los difíciles tránsitos por la cordillera tras el Quijote de los Andes (Varela) para sorprender Salta el 10 de octubre? ¿Acaso en la toma de esta? ¿O en el posterior exilio en Bolivia?. No se ha encontrado el diario de Felipe Varela ni la nómina de sus jefes y oficiales para saber su suerte. Lo cierto es que durante muchos años se esperó en los contrafuertes andinos el regreso del sargento de San Martín y coronel de Rosas. Muchos esperaban que en las noches de guitarreadas junto al fogón viniera un forastero y tomando el instrumento volviera a decir como en Jachal:“Dicen que Clavero ha muertoy en San Juan es sepultado¡No lo lloren a Clavero;Clavero ha resucitado!”
MARTIN FIERROEl peligro en que me hallabaal momento conocí;nos mantuvimos ansí,me miraba y lo miraba:yo al indio le desconfiabay él me desconfiaba a mí. Se debe ser precavidocuando el indio se agazape:en esa postura el tapevale por cuatro o por cinco;como el tigre es para el brincoy fácil que a uno lo atrape. Peligro era atropellary era peligro el juir,y más peligro seguiresperando de ese modo,pues otros podían veniry carniarme allí entre todos. A juerza de precauciónmuchas veces he salvado,pues en un trance apuradoes mortal cualquier descuido;si Cruz hubiera vividono habría tenido cuidado. Un hombre junto con otroen valor y en juerza crece;el temor desaparece;escapa de cualquier trampa;entre dos no digo a un pampa,a la tribu si se ofrece. En tamaña incertidumbre,en trance tan apurado no podía por de contadoescaparme de otra suerte,sino dando al indio muerteo quedando allí estirado. Y como el tiempo pasabay aquel asunto me urgía,viendo que él no se movíame jui medio de soslayocomo agarrarle el caballo,a ver si se me venía. Ansí jue no aguardó másy me atropelló el salvaje;es preciso que se atajequien con el indio pelee;el miedo de verse a pieaumentaba su coraje. En la dentrada nomásme largó un par de bolazos;uno me tocó en un brazo;si me da bien me lo quiebra,pues las bolas son de piedray vienen como balazo. A la primer puñaladael pampa se hizo un ovillo;era el salvaje más pilloque he visto en mis correrías,y a más de las picardías,arisco para el cuchillo. Las bolas las manejabaaquel bruto con destreza:las recogía con presteza y me las volvía a largar,haciéndomelas silbararriba de la cabeza. Aquel indio como todos,era cauteloso... ¡ahijuna!Ahí me valió la fortunade que peliando se apotra;me amenazaba con unay me largaba la otra. Me sucedió una desgraciaen aquel percance amargo;en momento en que lo cargoy que él reculando va,me enredé en el chiripáy caí tirao largo a largo. Ni pa' encomendarme a Diostiempo el salvaje me dio;cuanto en el suelo me viome saltó con ligereza:juntito de la cabezael bolazo retumbó. Ni por respeto al cuchillodejó el indio de apretarme;allí pretende ultimarmesin dejarme levantar,y no me daba lugarni siquiera a enderezarme. De balde quiero moverme:aquel indio no me suelta. Como persona resueltatoda mi juerza ejecuto,pero debajo de aquel brutono podía ni darme güelta.¡Bendito. Dios poderoso,quién te puede comprender! cuando a una débil mujerle diste en esa ocasiónla juerza que en un varóntal vez no pudiera haber. Esa infeliz tan llorosa,viendo el peligro se anima;como una flecha se arrimay olvidando su aflición,le pegó al indio un tirónque me lo sacó de encima. Ausilio tan generosome libertó del apuro;si no es ella de siguroque el indio me sacrifica;y mi valor se duplicacon un ejemplo tan puro. En cuanto me enderecénos volvimos a topar,no se podía descansary me chorriaba el sudor:en un apuro mayorjamás me he vuelto a encontrar. Tampoco yo le daba alce,como deben suponer;se había aumentao mi quehacerpara impedir que el brutazole pegara algún bolazode rabia a aquella mujer. La bola en manos del indioes terrible y muy ligera;hace de ella lo que quierasaltando como una cabra. Mudos sin decir palabra,peliábamos como fieras. Aquel duelo en el desiertonunca jamás se me olvida;iba jugando la vidacon tan terrible enemigo,teniendo allí de testigoa una mujer afligida. Cuanto él más se enfurecíayo más me empiezo a calmar;mientras no logra matarel indio no se desfoga;al fin le corté una sogay lo empecé a aventajar. Me hizo sonar las costillasde un bolazo aquel maldito;y al tiempo que le di un gritoy le dentro como bala,pisa el indio y se refalaen el cuerpo del chiquito. Para esplicar el misterioes muy escasa la cencia:lo castigó en mi conciencia,Su Divina Majestá;donde no hay casualidásuele estar la Providencia. En cuanto trastabillómás de firme lo cargué,y aunque de nuevo hizo pielo perdió aquella pisada;pues en esa atropelladaen dos partes lo corté. Al sentirse lastimaose puso medio afligido,pero era indio decidido,su valor no se quebranta;le salían de la gargantacomo una especie de aullidos. Lastimao en la cabeza,la sangre lo enceguecía;de otra herida le salíahaciendo un charco ande estaba,con los pies la chapaliabasin aflojar todavía. Tres figura imponentesformábamos aquel terno:ella en su dolor materno,yo con la lengua dejuera,y el salvaje como fieradisparada del infierno. Iba conociendo el indioque tocaban a degüello:se le erizaba el cabelloy los ojos revolvía;los labios se le perdíancuando iba a tomar resuello. En una nueva dentradale pegué un golpe sentido,y al verse ya malheridoaquel indio furibundo,lanzó un terrible alaridoque retumbó como un ruidosi se sacudiera el mundo. Al fin de tanto lidiar,en el cuchillo lo alcé,en peso lo levantéaquel hijo del desierto;ensartado lo llevé,y allá recién lo larguécuando ya lo sentí muerto. Me persiné dando graciasde haber salvado la vida;aquella pobre afligida,de rodillas en el suelo,alzó los ojos al cielosollozando dolorida. Me hinqué también a su ladoa dar gracias a mi Santo;en su dolor y quebrantoella a la Madre de Dios,le pide en su triste llantoque nos ampare a los dos. Se alzó con pausa de leonacuando acabó de implorar,y sin dejar de llorar,envolvió en unos trapitoslos pedazos de su hijito,que yo le ayudé a juntar.
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